jueves, 23 de abril de 2015

Pedro, el asesino educado

Desde que era pequeño, Pedro tenía muy claro que quería ser un asesino. Cuando en el recreo los demás niños jugaban a “papás y mamás” él quería jugar a ser Dios. Esclavizaba a sus muñecos y cuando ya no les servía los torturaba hasta la muerte, además se dejaba siempre los bordes de las pizzas. Al crecer fue perfeccionando sus planes gracias a series como CSI y Crímenes Imperfectos pero tenía un problema; aún no había matado a nadie. ¿Cómo iba a ser un buen asesino si todavía no había clavado ni un mísero cuchillo en carne humana? Y no era por falta de ganas, no. El problema viene desde prácticamente su infancia. Resulta que sus padres lo educaron demasiado bien. Eran unos hippies que hasta le pedían permiso a la planta para arrancar una flor. Pedro, lo mismo escuchaba música hindú en el salón de su modesta casa que se ponía Marilyn Manson cuando se encerraba en su cuarto a hacer cosas de adolescentes. Lo mismo comía una salchicha de tofu que pisaba un escarabajo para escapar de su rutina pero el caso es que por su demasiada buena educación, Pedro siempre pedía permiso antes de asesinar y, claro, nadie en su sano juicio le diría que sí. ¡No me malinterpretéis! Por supuesto que hay gente para todo. Solo digo que al menos yo no lo haría. Lo sé, soy un tiquismiquis, pero me gustaría vivir al menos un par de meses más. A lo que iba; Pedro siempre preguntaba: “Disculpe, amable señorita indefensa en medio de una calle prácticamente deshabitada ¿Le importa si le asesino un poco?” y claro, la pobre chica huía gritando despavorida. Por otro lado, la policía ya estaba al tanto de las intenciones de éste pese a que él era muy prudente con el tema, pero no podían detenerle ni nada por el estilo pues aún no había matado a nadie... Era muy amable con el resto del vecindario para que si algún día conseguía matar a alguien puedan decir en la tele: “Era buen chico, siempre saludaba”.

Pedro, cansado de todo esto, no tuvo más opción que poner un anuncio en el periódico local para ver si así podía segar alguna alma:

“Asesino amateur busca víctima, a poder ser entradita en carnes”

Pensándolo bien todo esto no hubiera ocurrido si alguien, algún psicópata, hubiera inventado una red social para encontrar a tu victima ideal. Algo así como un e-Darling para asesinos exigentes. En fin, continuemos... Pedro no entendía porque no le llovían las llamadas por su anuncio ¡Encima que lo hacía gratis! hasta que un día… ¡Zas! Laura, una joven suicida no muy entradita en carnes se puso en contacto con él para quitarse la vida. Por lo visto a la muchacha le daba corte matarse a sí misma. ¡Ja! ¡Corte! ¡¿Lo pilláis?! ¡Porque es una suicida!… Sigamos: Para Pedro eso fue la noticia del siglo. Quedaron en un bar en el extrarradio de la ciudad y se conocieron más afondo. Pedro prefería mantener las distancias con la victima pero claro, ella quería concretar un par de detalles. Al par de días, Pedro y Laura quedaron en una antigua fábrica abandonada por darle algo de ambiente a cliché. Todo iba de maravilla, él tenía preparado un arsenal homicida de primera división y ella ya tenía escrita su carta de despedida hasta que, justo cuando iba a comenzar el degüelle, Laura lo paró. Ya no quería morir. Se había replanteado comenzar una nueva vida y... Como podrán imaginar a Pedro eso se la trajo al pairo y terminó degollándola igualmente. ¿Qué esperabais? Le había dejado con la miel en los labios. Le había puesto un caramelo y se lo había quitado. Le había hecho la marcha atrás justo antes de llegar al orgasmo y eso está muy feo. ¡Bien hecho, Pedro! ¡Por fin has cumplido tu sueño!

La policía, que le estaba esperando fuera, le tenía preparada toda una fiesta de enhorabuena para antes al llegar a la cárcel. Le recibieron entre aplausos y le dieron la celda con vistas al patio femenino. ¡No todos los días se cobra uno su primera víctima!  Pedro salió del talego tras una temporada entre rejas con la esperanza de que, ésta vez, tardaría menos tiempo en encontrar a su víctima ideal.

Fin.

jueves, 16 de abril de 2015

Café Monsieur

En pleno centro de Madrid hay una peculiar cafetería, con un cierto toque burgués parisino, que está causando furor entre la clase alta de la ciudad. La semana pasada decidí ir a visitarla así que me vestí con mis mejores galas, rompí la hucha de los ahorros y sin pensármelo dos veces tomé camino hacia aquel lugar. Nada más salir del metro, un aroma a café te guiaba hasta la puerta del local. “Café Monsieur” ponía en letras de madera sobre unas cristaleras que dejaban ver su lujoso interior. Una vez dentro me sentí como un aristócrata de época, rodeado de artículos de roble, asientos de piel y cuadros extravagantes pero, para sorpresa la mía cuando me acerqué a la barra a pedir y vi que no tenían ni máquina, ni cafetera. ¡Nada! Pasé por alto ese detalle y pedí mi café con leche. El camarero, que me recordaba al mayordomo de la mansión Wayne, asintió con media reverencia, saco una taza vacía con su respectivo plato y lo colocó sobre la barra justo delante mía. Acto seguido se abrió la chaqueta, se desabrochó la camisa y presionando su pezón, comenzó a emanar de él el café más puro que jamás pude ver. “Usted dirá” me dijo el camarero. Estaba tan atónito por la escena que cuando reaccioné, el café ya estaba muy cargado. Tras mi señal, el camarero cortó el chorro automáticamente y en un vaso limpio se sacudió las últimas gotas del pezón como quien quita la ceniza de un cigarro al fumar. Añadió la leche caliente de una jarra de metal y colocó una cuchara y un sobre de azúcar en el plato. Pagué la friolera cantidad de seis euros. No me pareció caro, en pocos sitios te sirven el café directamente del camarero. Me senté en una mesa, añadí el azúcar y lo removí. No pude evitar pensar qué hubiera ocurrido si hubiera pedido un capuchino. Me hacía gracia imaginarme con qué habría preparado la espuma del café y, sobretodo, lo incómodo que hubiera sido si se hubiera puesto a hacer un dibujo en la superficie del capuchino con la punta de su falo. Me quité esas imágenes de la cabeza y me concentré en mi café recién exprimido. ¡Cómo quemaba el jodío!

He de reconocer que es el mejor café que he tomado en mi vida. ¿Sería siempre así? ¿Si un día está de mal humor le sale más amargo? ¿Qué ocurría si presionaba el otro pezón? ¿Chocolate? Lo que tenía claro es que no era genético porque si su madre le hubiera amamantado con el pecho cafeinado él no tendría esa actitud tan severa. Sea como fuere ese hombre tenía un don.

Terminé mi café de apenas un sorbo y abandoné el lugar con la sensación de haber establecido la paz mundial. Ese maldito café sabía lo que necesitaba.


Volveré, dadlo por hecho. No sé cuándo pero lo haré y, eso sí, la próxima vez pienso dejar propina.