En pleno centro de Madrid hay una peculiar
cafetería, con un cierto toque burgués parisino, que está causando furor entre
la clase alta de la ciudad. La semana pasada decidí ir a visitarla así que me
vestí con mis mejores galas, rompí la hucha de los ahorros y sin pensármelo dos
veces tomé camino hacia aquel lugar. Nada más salir del metro, un aroma a café
te guiaba hasta la puerta del local. “Café Monsieur” ponía en letras de madera sobre
unas cristaleras que dejaban ver su lujoso interior. Una vez dentro me sentí
como un aristócrata de época, rodeado de artículos de roble, asientos de piel y
cuadros extravagantes pero, para sorpresa la mía cuando me acerqué a la barra a
pedir y vi que no tenían ni máquina, ni cafetera. ¡Nada! Pasé por alto ese
detalle y pedí mi café con leche. El camarero, que me recordaba al mayordomo de
la mansión Wayne, asintió con media reverencia, saco una taza vacía con su
respectivo plato y lo colocó sobre la barra justo delante mía. Acto seguido se
abrió la chaqueta, se desabrochó la camisa y presionando su pezón, comenzó a
emanar de él el café más puro que jamás pude ver. “Usted dirá” me dijo el
camarero. Estaba tan atónito por la escena que cuando reaccioné, el café ya
estaba muy cargado. Tras mi señal, el camarero cortó el chorro automáticamente
y en un vaso limpio se sacudió las últimas gotas del pezón como quien quita la
ceniza de un cigarro al fumar. Añadió la leche caliente de una jarra de metal y
colocó una cuchara y un sobre de azúcar en el plato. Pagué la friolera cantidad
de seis euros. No me pareció caro, en pocos sitios te sirven el café
directamente del camarero. Me senté en una mesa, añadí el azúcar y lo removí. No
pude evitar pensar qué hubiera ocurrido si hubiera pedido un capuchino. Me hacía
gracia imaginarme con qué habría preparado la espuma del café y, sobretodo, lo
incómodo que hubiera sido si se hubiera puesto a hacer un dibujo en la
superficie del capuchino con la punta de su falo. Me quité esas imágenes de la
cabeza y me concentré en mi café recién exprimido. ¡Cómo quemaba el jodío!
He de reconocer que es el mejor café que he
tomado en mi vida. ¿Sería siempre así? ¿Si un día está de mal humor le sale más
amargo? ¿Qué ocurría si presionaba el otro pezón? ¿Chocolate? Lo que tenía
claro es que no era genético porque si su madre le hubiera amamantado con el
pecho cafeinado él no tendría esa actitud tan severa. Sea como fuere ese hombre
tenía un don.
Terminé mi café de apenas un sorbo y abandoné
el lugar con la sensación de haber establecido la paz mundial. Ese maldito café
sabía lo que necesitaba.
Volveré, dadlo por hecho. No sé cuándo pero
lo haré y, eso sí, la próxima vez pienso dejar propina.
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