jueves, 16 de abril de 2015

Café Monsieur

En pleno centro de Madrid hay una peculiar cafetería, con un cierto toque burgués parisino, que está causando furor entre la clase alta de la ciudad. La semana pasada decidí ir a visitarla así que me vestí con mis mejores galas, rompí la hucha de los ahorros y sin pensármelo dos veces tomé camino hacia aquel lugar. Nada más salir del metro, un aroma a café te guiaba hasta la puerta del local. “Café Monsieur” ponía en letras de madera sobre unas cristaleras que dejaban ver su lujoso interior. Una vez dentro me sentí como un aristócrata de época, rodeado de artículos de roble, asientos de piel y cuadros extravagantes pero, para sorpresa la mía cuando me acerqué a la barra a pedir y vi que no tenían ni máquina, ni cafetera. ¡Nada! Pasé por alto ese detalle y pedí mi café con leche. El camarero, que me recordaba al mayordomo de la mansión Wayne, asintió con media reverencia, saco una taza vacía con su respectivo plato y lo colocó sobre la barra justo delante mía. Acto seguido se abrió la chaqueta, se desabrochó la camisa y presionando su pezón, comenzó a emanar de él el café más puro que jamás pude ver. “Usted dirá” me dijo el camarero. Estaba tan atónito por la escena que cuando reaccioné, el café ya estaba muy cargado. Tras mi señal, el camarero cortó el chorro automáticamente y en un vaso limpio se sacudió las últimas gotas del pezón como quien quita la ceniza de un cigarro al fumar. Añadió la leche caliente de una jarra de metal y colocó una cuchara y un sobre de azúcar en el plato. Pagué la friolera cantidad de seis euros. No me pareció caro, en pocos sitios te sirven el café directamente del camarero. Me senté en una mesa, añadí el azúcar y lo removí. No pude evitar pensar qué hubiera ocurrido si hubiera pedido un capuchino. Me hacía gracia imaginarme con qué habría preparado la espuma del café y, sobretodo, lo incómodo que hubiera sido si se hubiera puesto a hacer un dibujo en la superficie del capuchino con la punta de su falo. Me quité esas imágenes de la cabeza y me concentré en mi café recién exprimido. ¡Cómo quemaba el jodío!

He de reconocer que es el mejor café que he tomado en mi vida. ¿Sería siempre así? ¿Si un día está de mal humor le sale más amargo? ¿Qué ocurría si presionaba el otro pezón? ¿Chocolate? Lo que tenía claro es que no era genético porque si su madre le hubiera amamantado con el pecho cafeinado él no tendría esa actitud tan severa. Sea como fuere ese hombre tenía un don.

Terminé mi café de apenas un sorbo y abandoné el lugar con la sensación de haber establecido la paz mundial. Ese maldito café sabía lo que necesitaba.


Volveré, dadlo por hecho. No sé cuándo pero lo haré y, eso sí, la próxima vez pienso dejar propina.

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